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Porto con los cinco sentidos

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Porto es un viaje diferente, sobretodo si lo haces de la mano de los amigos de Portgall, diferente porque experimentarás otro Porto al que estamos acostumbrados. Hoy, os voy a llevar a recorrer la ciudad que yo vi, olí, escuché, degusté y toqué a través de los cinco sentidos….

Porto se ve reluciente, brillante, tiene su luz propia. El atardecer a orillas del Duero, con una copa de Maduro en una mano, y un puñado de altramuces en la otra admirando el Puente de Luis I, es una primera tarde en Porto digna. Es una primera toma de contacto con esta ciudad ribereña, de la que en seguida adviertes que te va a enamorar cuando el óculo naranja se posa tras la vecina ciudad de Gaia, dejando a su paso una imagen del puente que recuerda a la Torre Eiffel, aunque éste no es el puente portuense que Eiffel dejó como legado sobre el Duero, ese es otro, el de María Pia.

Porto huele a felicidad, huele a amabilidad, huele a historia, y cuando paseas por el barrio de La Ribera te puedes perder en mil olores, las puertas de las casas están abiertas, como dándote la bienvenida, sin miedo, sin temor al extranjero. Porto huele a antiguo pero no es un olor rancio, es un olor como del paso del tiempo, un olor a toda una vida que pasó por estas calles. Porto huele a cestas de la compra repletas de verduras y pescado, Porto huele a tradición y a calidez.

vistas desde la catedral de Porto

Porto suena a risas, Porto suena a vida, suena a conversaciones animadas, suena a la corriente del río, suena al tranvía que pasa por el Puente de Luis I cada cinco minutos dejándote con ganas de que vuelva a pasar para captar esa bella instantánea. Porto suena a música en las calles, suena a alegría desenfrenada, suena a negociaciones en los puestecitos de telas, Porto suena a portuñol, un idioma que crearon los amables portugueses para entenderse con sus estirados vecinos que, cuando asoman sus cabezas por la franja, quedan cautivados para siempre.

Porto sabe a mar, sabe al esfuerzo de los marineros que salían a la mar a pescar bacalao, el producto estrella de tierras lusas, y en muchas ocasiones a perder sus vidas. Porto se degusta desde Vila Nova de Gaia, en sus bodegas y en sus posadas donde las sardinas se asan lentamente y el vino de Oporto riega copiosamente tu paladar. Y no es sólo el bacalao, o las sardinas, son las tripas (Sí, sí… aquí hasta ese tímida parte del animal sabe bien), es el cordero, es el pulpo, es el presunto, o la gran Francesinha… Porto te puede ganar por el estómago, sin lugar a dudas.

vistas de Porto

Porto es suave pero dura, lleva la dureza de la vida marinera en sus entrañas y la delicadeza de los recolectores de uva en sus manos, Porto rezuma calidez y recorrer sus calles es pasear por la historia. Arquitectura única que te hace asomar una extensa sonrisa a tu cara sin apenas darte cuenta, sin esperarlo, escuchar el tintineo del tranvía que recorre esas vías gastadas una y otra vez, oler la ropa recién lavada ondeando al aire para que se mezcle con la brisa que trae el atlántico al juntarse con el Duero.

Porto no me gustó, Porto me enamoró, y en gran parte fue gracias al maravilloso equipo que nos acompañó a Montse de Un Mundo para 3, Ana de Planeta Dunia y una servidora durante los tres intensos días en los que experimentamos Porto con los cinco sentidos.

Fotogragías: Propias, Rita de OPorto encanta.

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