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Qué ver en Luang Prabang

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La ciudad naranja de Luang Prabang

Cómo nos gustan los colores vivos! Verdes, azules, amarillos, rojos y naranjas… y cuánto está cambiando nuestra percepción del color. Ahora sabemos que una ciudad puede ser verde, azul o naranja, como en el caso de Luang Prabang. Ojo, a lo mejor para ti esta pequeña ciudad laosiana tan diferente al resto del país será de color verde, pero nosotros siempre la recordaremos como La ciudad naranja. Ya habíamos notado que nuestros ojos habían aprendido una lección, la de estar más abiertos a todo lo que ocurriera a su alrededor, desde cosas más prácticas como señales o indicaciones, carteles incomprensibles que parecen querer decir hotel… hasta la forma de las nubes, sí, también hemos descubierto que el cielo no es aburrido.

Otra gran lección que nos llevamos es la de que los detalles marcan la diferencia, y que en este mundo todo está hecho de esos pequeños momentos que conforman la perfección o que están destinados al fracaso. Esa tímida sonrisa que te valió un intercambio cultural improvisado, como casi todo en este viaje, que a la vez te llevó a descubrir un nuevo lugar y sentiste la necesidad de improvisar de nuevo. Un detalle que cambió la forma en que recordarás ese determinado lugar o persona. Luang Prabang fue un cúmulo de detalles con resultado abrumador, en algún momento leímos por casualidad sobre el “desfile” de varias centenas de monjes al romper el alba, y nos causó curiosidad. A partir de ahí, escogimos alojamiento cerca del lugar donde se podía asistir al evento, madrugamos dos días seguidos, el primero de prospección y búsqueda de los mejores lugares para observar ese ritual diario, el segundo para disfrutarlo sin más.

Si Luang Prabang tiene fama de algo, es de lo poco asiática que parece. Y es totalmente cierta esa fama, es como encontrar una pequeña ciudad europea, limpia, aceras anchas, boulangeries en cada esquina, edificios con adoquines y con aire afrancesado… Sólo que cuando miras más allá descubres la silueta del río Mekong atravesando la ciudad, la jungla al otro lado, los templos budistas y, por supuesto, la gente que la habita. Entonces te asombras al pensar qué hace Luang Prabang aquí, cómo ha llegado a subsistir tal cual los franceses la dejaron, y es cuando una lucecita se enciende dentro de ti y te dice que a nosotros, los turistas (algunos más, algunos menos como siempre) nos gusta esta estética, nos sentimos más cómodos, nos relajamos más, creemos que volvemos a jugar en casa. Ésta es la paradoja de Luang Prabang, la ciudad desactualizada a su realidad en la que se ha convertido hace que parezca un parque temático en el centro de Laos, todos los que allí vamos nos quedamos maravillados, decimos que nos encanta porque es cierto, y porque los que generalmente llegamos allí, llevamos cierto tiempo por la Asia auténtica con lo cual nos va bien un respiro; sin embargo, si te paras a pensar, te darás cuenta de que eso no es lo que buscas, no es la realidad.

Templo

El “desfile” de los monjes por la mañana alrededor de la manzana de los templos de Luang Prabang es una belleza. Obviamente se ha convertido en algo sin sentido, no sabemos lo que los monjes pensaran sobre el asunto, y quizá ellos sí que sean genuinos, pero todo lo que les rodea es ahora un negocio, ¿quieres que los monjes recojan arroz de tu mano? Se puede, aunque tu único interés sea visual, curioso, etc… es decir, nada de misticismo o religiosidad, como la tradición comenzó o debía ser. Tiendas abiertas a las 5 de la mañana para aprovechar el tirón de los monjes, pastelerías dispuestas a darte de desayunar por un precio bastante más alto del habitual. En fin, lo que ocurre siempre… todo espectáculo digno de contemplar acaba convirtiéndose en un negocio.

Aunque no sea un lugar muy Laosiano, aunque no sea claramente una ciudad asiática, aunque esté limpia en cada uno de sus rincones (bueno, casi todos…), aunque sea un poco más cara que el resto del país, aunque, aunque, aunque… Luang Prabang es una maravilla para los sentidos, vistas espectaculares del atardecer sobre el río, olores que te quitan el sentido en las barbacoas nocturnas a orillas del Mekong, sonidos que por la noche te recuerdan que sigues por algún lugar cercano a la jungla, ricos sabores en la gran variedad de restaurantes que la ciudad te ofrece y por último, el tacto del polvo en tus manos que ni siquiera en un lugar como éste te puedes quitar.

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