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Viaje a Brasil

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Brasil, mucho más que samba y futbol

Es el país más alegre del mundo, la gente vive al son de la música, la gente es sana y disfruta de la vida, la gente simplemente… VIVE! Es cierto que describir Brasil como “Futbol, Samba y Alegría” puede sonar a tópico, sin embargo es bastante cercano a la realidad. Por supuesto existe otro componente que no se incluye en la ecuación, la situación económica de algunos de sus habitantes, por no decir la mayoría; sin embargo, la actitud con la que los cariocas se enfrentan a la vida es de admirar, y es una de las cosas que más me ha sorprendido durante mis viajes.

Nuestro viaje comienza en la Cidade Maravilhosa, o más conocida como Río de Janeiro, se encuentra protegida por dos grandes montañas, las conocidas Pao de Açúcar  y Corcovado. En lo alto de estos dos miradores, abarrotados hasta la saciedad tanto por brasileños como por extranjeros, se aprecian unas vistas impresionantes de Río, las playas de Ipanema y Copacabana. Hay vida en las calles a todas horas, turistas y locales se cruzan en el paseo marítimo de 4 kilómetros observándose los unos a los otros, charlando y haciendo deporte, tomando el sabroso y refrescante “Coco Gelado”, haciendo surf, tomando esos rayos de sol que hasta en invierno son cálidos, admirando la belleza de los cariocas a los que les gusta ser el centro de las miradas, y disfrutando básicamente de la vida, de la naturaleza, de las vistas…

barco amazonas

La siguiente parada de esta maravillosa ruta es El gran Amazonas, el río más largo del mundo. Su caudal transcurre desde la cordillera de los Andes en Perú hasta la costa atlántica de Brasil, y en medio de la nada, rodeada de selva y encumbrada por esta gran masa de agua, se encuentra escondida una ciudad que quedó detenida en el tiempo, una ciudad colonial y creada para cubrir las necesidades del negocio del caucho, tan importante en el Brasil del S. XIX, Manaus, conocida como el París de los trópicos en su época dorada. En Manaus tomamos un barco y nos disponemos a navegar río arriba, durante tres días para observar todo lo que le rodea, poblados indígenas, casas  y mercados flotantes, árboles, plantas y raíces retorciéndose e imitando figuras que bien podrían parecer un enjambre de brazos que luchan por no ahogarse en esas aguas color marrón y de las que, a la vez, emana tanta vida.

La experiencia de atravesar la selva amazónica… en tres horas, es indescriptible. Caminas entre árboles tan altos que tapan el claro cielo, entre otros tantos derribados en el suelo y que teníamos que saltar, luchando contra el barro que nos llegaba hasta los tobillos, o pequeños charcos que teníamos que atravesar, y escuchando animales e insectos desconocidos, para finalmente llegar al campamento donde pasaríamos la noche bajo el manto de las estrellas. La noche más larga que jamás he vivido, cuando te encuentras en un lugar tan remoto es extraño sentirte tan libre y a la vez tan atado… a tu hamaca, lo único que te separa del suelo y de la ingente cantidad de seres que viven en él.

Dejamos la selva para descubrir una nueva faceta de este grandioso país, el desierto…  “Comenzamos a caminar a las 4 de la mañana por el desierto más insólito que habíamos visto nunca, los llamados Lençois Maranheses, las dunas parecen sábanas y el efecto al ojo humano es increíble”. La acampada en el medio de la nada, sencillamente maravilloso, la absoluta oscuridad, el inmensurable silencio y la laguna en la que nos dimos un baño a ciegas, abrumador. “Pisadas que quedarán en el olvido cuando la fina arena, acariciada por el viento, las cubra. Huellas de soledad, ya que esta abrumadora sensación está patente durante toda nuestra travesía. Y aunque somos un grupo, de vez en cuando, rodeado de toda esa inmensidad de arena, dunas, lagunas y el abrasador sol, se te pasa por la cabeza cómo deber ser estar totalmente solo en este lugar del mundo ya que al horizonte sólo puedes vislumbrar dunas y más dunas”.

Y, la última parada, Jericoacoara, un destino aun poco conocido, que mantiene ese aire de paraíso anclado en un pasado que poco a poco se va abriendo paso a la nueva era. Con sus calles de arena, con su gente amable, con su estilo de vida, pero conociendo cada vez más el lado negativo del turismo, y que en unos años obligará a que este paraíso se desligue cada vez más de ese adjetivo para formar parte de las viejas glorias que hoy en día son sinónimo de un turismo que deja sin personalidad todo aquello que toca.

Nos despedimos de Brasil con una puesta de sol insólita, a lomos de un caballo recorriendo caminos perfilados por un acantilado y contemplando el maravilloso paisaje que nos deja este país de la costa atlántica, unas formaciones rocosas caprichosas, entre ellas la llamada Pedra Furada que causa un efecto óptico espectacular, y a través de la que los últimos destellos del sol nos dicen adiós.

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