Aquella mañana sonó el despertador como un día cualquiera, admito que mis párpados tardaron menos de lo habitual en despegarse, era un día grande. La mochila ya estaba junto a la puerta, una última ducha caliente por no sé cuánto tiempo, un último café -molido con mi cafetera-, un último sorbo del líquido que me tenía que ayudar a superar el día.

Nos embarcábamos en un viaje por los cinco continentes que, aunque en ese momento aun no lo sabíamos, iba a durar 356 días -o 365 Sábados, como nos gustaba llamarlo a nosotros-. Iba a ser un viaje por el globo -o vuelta al mundo- a gusto del consumidor; pero sobretodo iba a ser un viaje interior, un viaje espiritual a través del viaje tradicional… Las personas que íbamos a conocer nos conquistarían con una simple sonrisa, con un simple gesto nos ayudarían a comprender que hay muchas maneras de viajar. La nuestra se llamaba viaje a la libertad.

Cautiverio

Europa fue nuestro hogar, Europa nos dio la vida pero también la secuestró. Se hizo dueña de un entorno que nos obligaba a ser como no éramos, que nos pedía cada vez más… sin darnos mucho, la verdad. Europa se estaba apagando en nuestro corazón, debíamos darle distancia para volver a  quererla. Era nuestra tierra, la de nuestras familias, amigos, la que dio origen a nuestros sueños. Y eso no podríamos olvidarlo nunca, pero queríamos respirar y rescatarnos, a nosotros mismos, de esa cautividad.

El viejo continente, para nosotros, significó el cautiverio, la condena del conformismo, el camino que marchó solo sin volante, la adquisición de responsabilidades más grandes de las que queríamos. A la vuelta la perdonaríamos, ya que era ella quien realmente estaba esclavizada por nosotros, una Europa que nosotros nos encargamos de apagar, no supimos darle alas, ni vida, solo más poder, más dinero, más problemas sin resolver, y se empezó a decolorar. Por eso la dejamos una mañana, con pesar por los que dejábamos atrás, pero con ganas de sabernos libres. Esa mañana dijimos adiós al continente cautivo para decirle hola a nuestro nuevo mundo, América.

Ilusión

En el avión miro por la ventanilla, sólo veo nubes, las nubes más blancas que he visto nunca. Noto cómo empiezo a liberarme. Mis músculos se destensan. Mi mente vuelve a ser mía. Vuelvo a pensar y ya no son problemas, disgustos o demás historias feas, ahora sólo veo ilusión en mi camino. Ilusión es lo que América me aporta. Ilusión por volver a vivir, a descubrir quién solía ser, o quien nunca fui pero quise ser.

Pasar por Buenos Aires o respirar el aire gélido dentro de un glaciar como el Perito Moreno; recorrer el alargado Chile a dedo, para compartir noche en una cabina de camión con su conductor porque no nos quiere dejar a la intemperie; pisar el desierto de Atacama -uno de los más bonitos del mundo- para, dos días después, descubrir en el Salar de Uyuni que los desiertos también pueden estar hechos de sal, y que son aun más hermosos, si cabe.

Ilusionarte cuando tus pies culminan el último escalón que te llevará a contemplar Machu Picchu, o simplemente parar en una carretera solitaria y pisar la señal que indica que estás en La Ruta 66, ilusión, ilusión, ilusión… Ilusión a una velocidad de vértigo, eso sí, otra lección que aprenderemos más adelante en nuestro camino. Porque este aprendizaje no ha hecho más que empezar, ahora por lo menos ya somos capaces de respirar hondo, de respirar magia, de respirar ilusión.

salar de uyuni

Decepción

No hay camino renovador que no contemple la decepción o el fracaso… Es un paso más que hay que superar. Porque la decepción no se da si no existe una previa expectación. Oceania era el último lugar, el concepto lejano y exótico que significaba Australia. Una tierra recóndita para nosotros con la que habíamos soñado despiertos más veces de las que podíamos recordar. Una tierra indómita, cálida, exuberante, insólita, una tierra peligrosa, la llamábamos la última frontera.

Resultó ser una extensión de Estados Unidos algo mejorada. La aventura quedaba para los turistas, y el coste de la vida hacía imposible que disfrutáramos sin pensar que acortábamos un día de nuestra aventura por cada paso que dábamos. A esa sensación hay que sumar el día que el diluvio se hizo realidad y el cielo cayó sobre nosotros hasta prácticamente el último de nuestros suspiros en las antípodas; aunque en Cairns tuvimos una tregua para descubrir  lo que era el mundo submarino del Pacífico en la Gran Barrera de Coral.

Decepción que se traduce en necesidad de volver para cambiar esa palabra por otra, pero también momentos de conexión con uno mismo, con su pareja, cuando te das cuenta de que todo se supera, y de que tú eres capaz de ese todo.

Aceptación de la felicidad

Y llegó Asia, y con Asia llegó el climax del viaje y lo que andábamos persiguiendo, el hito de cualquier persona, llegó la aceptación de la Felicidad, que no la Felicidad. ¿Por qué diferenciar? La Felicidad es inalcanzable, uno siempre querrá más, la felicidad completa es un mito, pero aceptar la que cada uno tiene, eso es posible, cada cual tiene la felicidad que busca, la felicidad que sabe aceptar… no hay más.

Para nosotros la aceptación de la felicidad llegó en un mes que no recordamos, un día que olvidamos, un instante que se esfumó en la inmensidad del mundo, pero que su residuo quedó en nuestro recuerdo. Puede que llegara en la risa de un niño, o en la invitación generosa de un birmano, tal vez lo hizo en forma de mirada fugaz, miradas que dicen cosas que tú no entiendes porque no miras con sus ojos.

La aceptación de la felicidad llega en una cabaña de madera junto a un río, sin electricidad ni agua caliente, sin nada de valor que apreciar y con todo lo intangible que llegas a apreciar. Eso significó Asia, y por eso nos quedamos siete meses explorando cada uno de sus rincones, muy poco tiempo para poder asimilar tantas cosas que el continente te regala a diario.

En Asia ocurrieron muchas situaciones, muchas, buenas y malas, momentos duros física y emocionalmente, momentos tan felices que eclipsaban cualquier otro recuerdo. Asia fue el clímax de nuestro viaje, y así continuó en extensión al Medio Oriente con una Jordania fuera de lo común y con un Irán que nos hizo absurdos a los “occidentales”, un Irán que nos hizo descubrir la vergüenza ajena del ser humano, que nos mostró la verdadera pasión por la religión sin rencor, sin odio, sin egoísmo. Y no queríamos volver a Europa aun… sentíamos que incluso todavía seguíamos siendo cautivos de ella, así que pisamos de nuevo África, esta vez sí que el… último continente.

lantern asia felicidad

Esperanza

África fue siempre el continente olvidado, por eso nosotros no quisimos abandonar la idea de terminar nuestro sueño allí. Muchos viajeros quieren pero creen que no pueden, otros muchos tienen miedos, y otros simplemente lo olvidan. África fue siempre nuestro primer continente, nuestra primera opción. Aquella primera vez en 2008 que pisamos su roja tierra en Uganda hubo un bichito que nos picó y nos contagió para siempre con esa necesidad de volver una y otra vez, y de marchar en cuerpo pero no en alma, porque aquellos que conocen África no la olvidan nunca.

Por ese motivo quisimos que fuera nuestra última parada antes de “volver” a Europa, queríamos volver en cuerpo pero quedarnos eternamente en lugares en los que éramos capaces de aceptar la felicidad, y ese lugar no estaba en lo que a ojos de cualquiera podría significar casa. Hogar es sinónimo de libertad, de esperanza, de ilusión, con una pequeña dosis de decepción y con una gran capacidad para aceptar la felicidad. Hogar es… el viaje continuo.

¿Y ahora qué?

Este pretende ser un reinicio; un nuevo comienzo, igual que lo fue ese 23 de Enero del 2014. Lavarse la cara es una metáfora que insinúa una limpieza por fuera y también por dentro.

Esta es nuestra nueva imagen tras un período de varias fases, tal y como lo fue ese momento épico en que nuestra aventura en la red comenzó. Por eso hemos querido compartir nuestros pensamientos más profundos con vosotros, os hemos dado una llave que abre una puerta que va directa a nosotros, nos desnudamos para derribar barreras, y para invitaros a que nos conozcáis mejor, a que nos leáis, a que nos escuchéis y veáis, no tanto a nosotros sino a lo que os tenemos que contar. Esperamos que aceptéis esta invitación, nosotros por nuestra parte… os estaremos esperando.

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