Hay destinos que inspiran a soñar y hay momentos que hacen que nuestros dedos escriban solos sobre ellos. Hay viajes para recordar -prácticamente todos- y hay ocasiones que no se pueden olvidar.

Islandia forma parte de ese selecto grupo que se adhiere a tu piel, es una segunda capa, como esas que se unieron hace tiempo. Japón, Uganda, China, Namibia… destinos que forman parte de tu ser desde el momento en que pones un pie en su tierra.

Este es el sueño de una noche de invierno en Islandia, una noche inacabada o ininterrumpida. En invierno, la luz de la isla ilumina aun en la completa oscuridad; es una luz distinta, pero eso es bueno… te ilumina hacia un sueño. Te lleva a conocer mundos de fantasía que sólo imaginaste cuando aun no eras capaz ni de poner nombre a los colores. Cual guía te hará recorrer el cielo, igual que un bebé mira a su madre tú le seguirás, a ese rastro de color verde que deja tras de sí tonos con los que tus ojos nunca antes fueron capaces de soñar.

Y así es como, sin darte cuenta, habrás entrado en un sueño invernal en el que el frío no te vencerá, en el que ansiarás ver más de esa extraña luz y ese ímpetu te hará recorrer kilómetros sobre carreteras heladas. La parte pensante de tu cuerpo, entonces, apagará el interruptor y dejará que vayas en busca de ese sueño que tiene nombre de mujer, Aurora, y apellido de origen extraño, Boreal.

aurora boreal Islandia

Para nosotros, Islandia ya siempre será de color verde y morado, a pesar de ser blanca y azul. Así como Uganda es naranja y verde, y Japón y China rojo y… verde. Casualmente el verde siempre nos acompaña cuando viajamos, o quizás son solo esos países en los que el verde es un ente más los que se guardan en nuestra piel.

Islandia es muchas cosas, y para cada viajero significa una distinta. Hay tantísimo que cubrir, tanto con lo que emocionarse, con lo que abrir los ojos más de lo que lo has hecho nunca… Aurora es sólo la puerta que te lleva a descubrir un mundo lleno de fantasía, un mundo en el que aun existen los elfos y los duendes, en el que las historias de verdad suceden o no en la realidad.

Los islandeses aman a su isla, aman sus costumbres y sus tradiciones. Y como buenos viajeros nosotros pudimos sentir esa afinidad que emana de sus palabras al hablar sobre la magia que aquí ocurre, sobre ese sueño de una noche de invierno en el que, por un momento, todo es posible.

El sueño de una noche de invierno no es Shakesperiano, no es ficción, es algo tan real como la vida misma. Sólo necesitas un alma despejada -igual que el cielo que la cubre-, una pequeña gran dosis de paciencia y ganas de soñar despierto. Abriga tu cuerpo pero despeja tu mirada, que llegue y afine lo más lejos posible, que sea capaz de detectar un cambio en la no luz del cielo estrellado, y cuando dudes si tus ojos han sido empañados por una capa nebulosa… esa es la señal para parar, mirar, y empezar a soñar con una luz llamada Aurora.

Cuando ese sueño de una noche de invierno haya terminado, vuélvete y respira de nuevo con normalidad, puedes cerrar la boca, frotarte los ojos, pellizcarte el brazo y saber que el sueño, durante unos momentos, se personificó sobre ti. Entenderás ahora porqué esta gente de lenguaje casi élfico cree en la magia.