Uno de los motivos por los que me llamó la atención Torredembarra fue por la Ruta de los Indianos que discurre por el casco viejo de la localidad. Con ese objetivo en mente y la curiosidad nativa de toda viajera, me dispuse a conocer más sobre la historia de los indianos y, concretamente, aquellos originarios de Torredembarra.

Con el repiqueteo de las campanas de la iglesia de Sant Pere Apòstol inicio mi particular descubrimiento del pasado de la ciudad. Doblan las campanas por un difunto, augurio de antaño y tiempos mejores, donde por estas calles empedradas los señores indianos retornados con su fortuna paseaban. Bastón en mano, sombrero exótico ladeado en la cabeza y puro en boca. Puedo imaginar cómo hasta las exhalaciones de humo eran elegantes mientras saludaban a aquellos convecinos que no tuvieron la suerte, o las agallas, de embarcarse en una aventura incierta, y que les miraban con una mezcla de asombro y orgullo.

Es pronto, las tiendas de ropa -que hoy sustituyen a los comercios tradicionales- aun no han abierto. Solo estoy yo, frente a esas campanas que ya cesaron pero que no dejan de sonar en mi cabeza. Yo, mi cámara y mi libreta. De repente un torrenc aparece de la nada, en ese momento de soledad me sobresalto. Creo -por un momento- que el mismo Joan Güell i Ferrer ha resurgido y viene a darme la bienvenida, me encuentro ahora mismo frente a la casa que lo vio nacer. Sin embargo, es un amable ciudadano que al verme cámara en mano acierta a leer mis intenciones detectivescas.

Iglesia Sant Pere Apostol Torredembarra

La aparición de este personaje de aire decadente, quizás preludio de lo que fueron tiempos mejores, me trasladó indirectamente a la época sobre la que venía a investigar. Aproveché su misteriosa venida para conversar con él, y me di cuenta de que tras más de 100 años desde que el ambiente indiano se fuera diluyendo, todavía hoy se recuerda como una época de bonanza y satisfacción. Este don anónimo me contó cómo su abuela había recibido, aún, una dote que el indiano Antoni Roig dejó a todas las doncellas torrencas que se desposaran.

Este testimonio no sólo me pareció de un interés extraordinario, sino que acució aun más mi curiosidad, ahora ya por un nuevo y más desconocido personaje.

Antoni Roig i Copons es una figura con una aura muy carismática, debido en gran parte a su magnífica labor social, pero a la vez muy enigmática. Empecemos por el final y su deseo de ser enterrado sin grandes aspavientos en el cementerio de su ciudad natal, Torredembarra. Mi confidente me explicó que el Sr. Roig tenía una petición muy inquietante, la de ser sepultado en medio del paso que todos los compungidos caminantes deben recorrer para visitar a sus seres queridos en su descanso eterno. En una tumba sin nombre, una tumba austera, una tumba casi anónima…

Si bien fue su deseo, no se llevó a cabo por razones obvias de respeto hacia un difunto. Sin embargo, este deseo póstumo sí que me llevó a preguntarme “¿porqué?” Las numerosas causas de beneficencia que llevó a cabo, la fundación del patronato y escuela para los niños de Torredembarra, y la historia que me contó el vecino torrenc sobre la dote a todas las doncellas que dejó en su testamento Antoni Roig, no hacían más que aturdir mi imaginación.

Hacía poco que había leído “El mar dels traïdors”, del novelista Jordi Tomàs, en el que se refleja el comercio de esclavos por parte de los indianos catalanes. Algo que sucedió, no sólo en las rutas de Cataluña a América, pero que -como otras partes de la historia- no es agradable recordar. Me imaginé a un joven Antoni Roig atormentado por sus actos y tratando de enmendar, en los últimos días de su vida, sus pecados de juventud. Evidentemente, esta hipótesis es sólo una versión poética y ficticia que podría atribuirse a un personaje de ficción. A Antoni Roig, ya de por sí, enigmático, es fácil, relativamente, atribuirle elementos arcanos, no por ello tienen que ser ciertos, ya que finalmente se ha demostrado que amasó su fortuna gracias a sus habilidades financieras.

Calles de Torredembarra

Es fácil dejarse llevar… allí, entre esas calles empedradas y recorriendo el carrer dels Indians, atisbando la opulencia de una época en la que el sueño americano aún tenía sentido -uno bien diferente al actual- me embriagué de una sensación extraña. Los carruajes tirados por caballos pasaban a mi lado sin parecer notar mi presencia, el olor a heno y carbón prevalecía sobre cualquier otro. Me encontraba frente a una de las numerosas casas coloniales, pero había algo distinto, estaban llenas de vida y bullicio. De allí salía un hombre pausado y acicalado, supe que era Antoni Roig. Me guiñó un ojo mientras con su mano izquierda ladeaba su sombrero en un gentil gesto de caballerosidad. Y es que el espectro de una doncella torrenca me quiso mostrar quién era Antoni Roig, el indiano.

Cuando desperté de mi ensoñación, pude ver Torredembarra con nuevos ojos, como la ven los torrencs. Sus calles atesoran lo que aquel período comprendido entre el S. XVIII y el XX significó. Un período en el que no era extraño escuchar historias de conocidos que marchaban a “hacer las américas”. Entendí que Torredembarra, este pequeño municipio de la costa de Tarragona no fue la excepción, sino más bien un impulsor de este movimiento. Fueron muchas las familias que decidieron probar suerte a miles de kilómetros, dejando atrás sus raíces, su cultura y su estabilidad. Todo por un sueño efímero y de difícil consecución, muy pocos lograban volver enriquecidos y mostrando su hazaña, los indianos que construyeron la historia cubana de Torredembarra.