20:00 Kyaitkiyo

Estamos de vuelta de nuestra gran visita al Golden Rock y nos reencontramos con nuestra amiga organizadora, aquella que nos vendió los billetes de bus a Tailandia, nos subimos a su coche con ella y su marido destino a la estación, o eso pensábamos… hasta que nos encontramos cara a cara con nuestro transporte, un reluciente coche de 5 plazas.

Mientras esperamos a que nos expliquen cómo hemos llegado a esta situación, los dos nos miramos desconcertados sin saber qué pensar. Nos cuentan que el autobús iba a llegar muy tarde y que han optado por buscarnos este transporte alternativo, que es mucho mejor que el autobús. Horas después llegábamos a la conclusión de que el mítico autobús era simplemente eso, un mito, nunca existió. Resulta que debemos ser las únicas almas guiris en Myanmar que optan por cruzar una frontera terrestre…

Nuestra amiga nos lleva amablemente a cenar, ante nuestras caras de asombro nos pide que le demos nuestros pasaportes mientras cenamos porque debe hacer unas fotocopias para el chófer… no somos muy dados a dejar en manos ajenas nuestros billetes de salida de emergencia en cualquier situación, resulta que en nuestro viaje estos documentos se han convertido en nuestro bien más valioso, ¿pero qué otra cosa puedes hacer en una situación como esta? Pues dárselos, rezar y tener un nudo en el estómago hasta que nuestros salvoconductos estén de vuelta en nuestros regazos. Cosa que ocurrió en 5 minutos, cuantas lecciones debemos aprender acerca de la desconfianza… Y las íbamos a aprender en pocas horas!

Cuando terminamos nuestra cena, nos lleva de vuelta al lugar donde se encuentra aparcado nuestro coche, sí sí, ni es una estación de autobuses, ni siquiera hay más coches como el nuestro, lo que nos tranquilizaría bastante al ver que es un medio común para moverse por este país, no sabemos si quiera si nuestro chófer está descansado, ni sobrio, no sabemos nada… lo único que podemos hacer es confiar, algo que está muy cotizado en Europa, necesitamos tener recibos oficiales, saber las normas que regulan a los conductores, por no saber, no sabemos si quiera si lo que vamos a hacer es legal, es decir… ¿está nuestro chófer habilitado para realizar este tipo de gestiones, para transportar pasajeros? Ante todas nuestras dudas, nuestra amiga se marcha diciéndonos que en media hora salimos hacia Myawaddy, pueblo fronterizo con Mae Sot, en el lado tailandés. Y que llegaremos allí por la mañana, ¿qué nos hace pensar eso? Que son unas 12 horas de conducción, aunque en algún momento nos comentó que deberíamos permanecer un par de horas parados en un puente que abría a las 6 de la mañana… Bueno, pues ahí nos quedamos, solos con nuestro chófer y sus amigos, que por otro lado, no hablan una palabra de inglés.

Y comienza la incertidumbre, la media hora pasa rápido y aquí no mueve nadie un dedo, como hemos aprendido a esperar, nos damos un margen para empezar a preocuparnos. El margen termina al poco, aun tenemos mucho que mejorar, lo admitimos. En fin, como podemos llegamos a la conclusión de que debemos esperar a 3 personas más, para ocupar las 5 plazas suponemos, aunque todo nos hace pensar que esas personas son tan guiris como nosotros y que están al llegar. Al cabo de dos horas más, ya no podemos resistir la incertidumbre, nos preguntamos si nos han timado, algo que parece tener lógica después de tantos dimes y diretes… nos empezamos a sentir muy impotentes al no poder comunicarnos, ante nuestras prerrogativas, sólo recibimos gestos de espera, que tengamos paciencia, que saldremos, pero debemos esperar… qué difícil es dejarte llevar, estar tranquilo y sentirte confiado, esta es una dura prueba que nos encontramos en nuestro camino!

Al fin parece que alguien se mueve, algo es algo en estas circunstancias, en las que uno espera y espera y vuelve a esperar y sólo necesita un pequeño cambio para animarse de nuevo, en este caso es incluso peor el movimiento, nuestro chófer coge otro coche y se larga… aun queda uno de los amigos, que nos mira y nos vuelve a repetir ese gesto de espera que ya tenemos tan visto. Nuestros nervios están a flor de piel, estamos en un país desconocido para nosotros, muy poco turístico, no se ve a más occidentales por ningún lado (en estos momentos tranquilizaría bastante, la verdad), y son casi las 12 de la noche, con lo cual cada vez hay menos gente por la calle… Finalmente, el amigo de nuestro chófer nos dice que nos metamos en el coche, se pone al volante y emprendemos viaje, incomprensiblemente nos quedamos más tranquilos, aunque ése no era nuestro chófer, pero nos movemos! Y eso es todo lo que necesitamos, hasta que a los 10 minutos nos paramos en la cuneta de una carretera sin iluminación, al lado de una casa bastante dudosa…

Nos mira, nos sonríe y nos dice que esperemos unos minutos. Los minutos pasan, otra vez estamos en la misma situación, sólo que en medio de la nada, sin nadie alrededor y sin luz. Ante nuestra impaciencia salimos del coche, nuestro amigo está hablando con otro hombre, ¿de qué hablarán? Ahora ya los fantasmas comienzan a torturarnos, ¿querrán robarnos? ¿Por qué nos han traído hasta aquí sino? ¿Dónde está nuestro chófer? ¿Le habrá robado el coche su “amigo”? De repente, éste vuelve con unas sillas que no sabemos de dónde ha sacado y nos dice que nos sentemos… ¿Por qué parece tan amable si nos va a robar? ¿Y a qué espera? ¿Habrá llamado a más amigos? Sí, todas estas preguntas se nos pasan por la cabeza, a los dos, aunque ninguno las recita en voz alta, sólo sabemos una cosa, tenemos miedo y nos lo vemos en la mirada.

Aunque al final estuvimos en esa situación como una hora, a nosotros se nos hizo eterno, cuánto miedo resulta de la ignorancia, de la ausencia de comunicación, de la incertidumbre… cuánto miedo el verte indefenso, a expensas de otras personas, tú tienes que confiar, pero resulta que al final es una confianza ciega, y a nosotros nos enseñaron a desconfiar, ¿a cuántos nos han dicho de pequeños al quedarnos solos en casa que no abramos la puerta bajo ningún concepto a nadie? ¿Cuántas veces no te han dicho que no hables con desconocidos, que no aceptes regalos de nadie por la calle…? Sí, es cierto, eso se les dice a los niños, pero ¿acaso no genera un código de desconfianza impregnado ya para siempre? Aunque viajar hace que confíes en las personas, algunas veces también te enseña a que no bajes la alerta… Podríamos contaros que nos sentimos súper cómodos, que la gente de Myanmar es tan amable que no se nos pasó nunca por la cabeza que fueran a hacernos algo, y aunque es cierto que resultaron ser buenas personas, si os contáramos eso estaríamos mintiendo, quedaría mejor pero no es la verdad, y este viaje va de verdades, de sensaciones, de sentimientos, a veces nos muestra nuestra verdadera cara, y seamos claros, nos encantaría confiar más en las personas pero todo requiere un tiempo…

Cuando por fin llegó toda la comitiva restante, el chófer original y otros amigos, empezó el intento de comunicación. Necesitábamos saber exactamente qué ocurría, porqué estábamos allí, a qué esperábamos y cuándo saldríamos, y sobretodo… dónde estaba el resto de pasajeros. Sin embargo, su inglés se cernía a unas básicas palabras, y nuestro birmano aun a menos palabras… así que le tocó el turno al “Pictionary”, sí sí, teníamos ganas de jugar con unos birmanos a un juego de mesa… ya veis. Fran empezó a dibujar a 5 personas, él y yo señalados y otros 3 seguidos de un interrogante, ahí empezaron a entendernos, ahora ya sabían qué nos pasaba, porqué estábamos tan intranquilos, y es que ellos estaban igual de nerviosos que nosotros, por atendernos bien, porque estuviéramos cómodos, realmente se preocupaban por nosotros, sólo que no tenían modo de hacérnoslo saber, hasta que sacamos papel y boli claro… Al final pudimos entender, gracias al modo más antiguo de comunicación, los dibujos, que el trayecto no consistía en 12 horas sino en muchas menos, que las otras plazas se ocuparían durante el trayecto, y que la casa dudosa ante la que estábamos era para dormir hasta las 6 de la mañana, hora en la que comenzaríamos el trayecto…

Al final acabamos todos riendo, la risa es terapéutica dicen, y se ve que todos expulsamos la tensión a través de las carcajadas, nos dimos la mano y nosotros decidimos dormir en el coche, llamarnos desconfiados… Sale el sol, y el coche comienza a marchar, durante el trayecto conocemos a nuestros compañeros de viaje, una señora por allá, un par de chicos por allí, desde luego más de tres pasajeros sin contarnos a nosotros. Todo el mundo ríe, nos miran y comentan algo entre ellos, parece que es la primera vez que ven a alguien de otro país tomar esta ruta, y nos empezamos a preguntar si pasaremos por aquellas rutas que el país ha cerrado para los turistas, esperamos que no, aunque ahora entendemos el porqué de las fotocopias de los pasaportes. Cada cierta distancia, un control policial, nuestro chófer sale con las fotocopias, alguna vez los policías curiosos se acercan a nosotros y nos piden el pasaporte, otras solo nos saludan chistosos, pero todo el asunto muy amigable, nuestros compañeros de viaje intentan darnos conversación, hacen lo que pueden y nosotros también, más de una vez estamos tentados a sacar papel y boli y comenzar a dibujar…

El paisaje es sin duda distinto al resto del país, más rural, más pobre, pero más auténtico, más Myanmar, más de verdad… es la recompensa a nuestros miedos, tal vez es un toque de atención, una cura de humildad o como queráis llamarlo, la situación de la noche anterior a la mañana ha cambiado 180 grados, ahora que estamos más relajados disfrutamos de la experiencia tan especial, diferente e interesante que estamos viviendo, cuando cruzamos la montaña que separa a ambos países, llena de curvas, llena de acantilados, llena de coches y camiones, y llena de baches, entendemos que ese autobús no podía existir, que era imposible que pasara por aquí… y siempre nos preguntaremos porqué nuestra amiga, la organizadora, no nos explicó todo esto desde el principio, tal vez le habríamos dicho que no queríamos viajar así, tal vez hubiéramos esperado encontrar un autobús inexistente, así que optó mentirnos por nuestro bien, nunca lo sabremos.

Cuando por fin llegamos a Myawaddy, nuestro chófer nos indica que nos deja en el paso fronterizo, debemos sellar la salida del país, cruzar un puente y estaremos en Tailandia, así de sencillo. Nos despedimos de él, seguro que le recordaremos para siempre como una muestra de aprendizaje, será nuestro modelo a seguir en otras posibles situaciones parecidas sin duda. Una vez en Mae Sot, ante todas las miradas, somos los únicos turistas, por así decirlo, todo el mundo nos indica dónde debemos ir, el oficial de inmigración nos pone el sello sin más, y sin siquiera una revisión de equipaje ya estamos en Tailandia.