Y por fin vimos un amanecer en Myanmar…

24 horas antes.
6:00 AM. BAGO. Suena “Purple Rain” de Prince.

Ya hemos perdido la cuenta de cuánto tiempo lleva lloviendo, desde aquel atardecer frustrado en Bagán tal vez… El monzón está golpeando nuestros últimos días en Myanmar. Teníamos cita con Chee Bone, un hombre que ya había visto pasar sus mejores años, arrugado, delgado, hablador y, como buen birmano, con su sonrisa siempre presente, como la del gato Chesire de “Alicia en el País de las Maravillas”. Desde que nos bajamos del tuk-tuk este simpático “cazador de turistas” nos ha estado persiguiendo, pacientemente, hasta encontrar el mejor momento para hacer su presentación Power Point, aunque en papel, nos ofrece un tour en dos motos para llevarnos por entre el laberinto de pagodas en el que la ciudad está inmersa, ¿cómo negarle nada al hombre paciente frente a un plato de comida y una Coca-Cola? Cuando nos ofrece además ahorrarnos los 10$ por cabeza de las tasas del gobierno… Es aquí donde aparece Chesire, con esa mezcla de picardía y sinceridad. Está contento, sabe que su oferta es inmejorable, y que estamos en sus manos, él, ávido de turistas frescos -no hemos visto a ninguno más por aquí- y nosotros ansiosos por recorrer este centro religioso a bajo coste, es la alianza perfecta.

7:00 AM

Tras nuestro desayuno Low Cost, como nosotros llamamos al Nescafé en lata comprado en el super, Chee Bone, su sobrino y sus motos nos esperan para pasearnos bajo esa lluvia, a veces fina, a veces torrencial, que no nos quita los ojos de encima. Con el tiempo vamos aprendiendo que la lluvia puede ser molesta en unas culturas o representar la vida en otras. Mientras que nosotros nos preparamos como si fuéramos a la guerra para no empaparnos, Chee Bone y su sobrino parecen no haberse percatado apenas de que el agua les rodea, bajo los pies y sobre nuestras cabezas, nos miran con un rostro entre curioso y divertido mientras nos enfundamos en nuestros chubasqueros, poco saben ellos que en Barcelona ante un día así habríamos cancelado nuestros planes.

La espiritualidad que esperábamos encontrar frente a los budas gigantes que habitan la ciudad, la encontramos en sus calles, la vida discurre con normalidad, monjes de todas las edades se dirigen, ataviados con unas cajitas de metal que contienen su comida, hacia cualquier lugar, los mercados callejeros siguen abiertos, con la única protección de un plástico que, gota a gota, va recogiendo ese líquido esencial para la vida de estas personas que sólo conocen dos extremos, el sol abrasador y seco o el cielo encapotado y el frescor que trae el agua que cae de él. Seis meses de cada, sí o sí la vida tiene que continuar, aquí no valen los hombres del tiempo para planear tu fin de semana.

Chee Bone hace de guía lo mejor que puede, con un inglés mejor que la media, y su actitud entusiasta por darnos lo mejor de él, nos lleva entre pagoda y pagoda, nos da instrucciones de cuándo descalzarnos (siempre), de cuánto mide uno de los budas más grandes del mundo, aunque más importante que todos los datos que la tecnología puede arrojar sin movernos de casa, es algo que no encontrarás en ningún lugar más que en el momento del viaje a lo más profundo de una cultura, las charlas tomando un café con los locales mientras esperamos a que nos abran la habitación donde se encuentra lo que ellos creen, una reencarnación de un monje, con piel de serpiente, concretamente una pitón de 7 metros de largo que tiene una suite con piscina para ella sola.

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Entre pagodas, budas gigantes, caminos de tierra y continuamente regados por una fina lluvia pasamos la mañana descubriendo Bago con nuestros nuevos amigos, una gran estirpe de motoristas. Horas después llegamos a Kyaiktiyo donde una chica bastante espabilada nos esperaba con todo un plan para nosotros. Su hermano, al que conocimos en la estación de bus la había avisado de que veníamos y, si algo nos quedó claro, es que esta gente es buena comerciante. Primera parada: Golden Rock, o eso pensábamos… sin saber cómo, habíamos acordado que por la tarde iríamos a conocer uno de los mayores estandartes de Myanmar, y por la noche viajaríamos en un bus hasta la frontera con Tailandia, una vez más… eso pensábamos. Si os parece todo algo precipitado, tenéis razón! Aunque por minutos… minutos fue lo que nos separó de llegar a tiempo al primer transporte que subía la montaña hasta la cima para ver el Golden Rock, justo delante nuestro dos personas ocupaban las últimas plazas, a nuestra pregunta de cuánto tiempo tardaría el siguiente transporte, -sí, esa pregunta de novatos que nunca debe formularse en Asia– nos respondieron que quince minutos, y quince minutos aquí se convirtieron en dos horas. Y qué son dos horas cuando tienes un año de tu vida para viajar? En este caso supusieron que tendremos que volver a Myanmar algún día…

Resulta que nos montamos en el último transporte del día -nos acordábamos en ese momento de la afirmación de la chica a nuestras dudas ante el tiempo ajustado que teníamos “os da tiempo de sobra, seguro”- Tal vez ella era una especie de súper atleta que veía que podíamos ir hasta el Golden Rock, visitarlo, hacer las fotos de rigor y disfrutarlo en los quince minutos que teníamos antes de que ese último transporte nos devolviera a tiempo para ir a Tailandia. Lo que no sabíamos entonces era que el resto del autobús que subía con nosotros la cima haría noche a los pies del Golden Rock para disfrutar a la mañana siguiente de un bello amanecer, o sea que nos quedamos compuestos y sin Golden Rock, quince minutos (sí, aquí todo son quince minutos) de charla con un holandés con mejor suerte que nosotros ya que cogió el transporte anterior, un poco de envidia por lo que nos contaba y vuelta a subir al bus, esta vez de bajada. Allí nos esperaba nuestro “flamante” autobús hacia las tierras de Siam… o eso pensábamos… Y lo que vamos a relatar ahora puede que fuera, hasta el momento, la noche más estresante y surrealista de todo nuestro viaje, sólo desvelaremos que acabamos tirados en una cuneta…