Cuando iniciamos este viaje sabíamos que llegaría un día en que publicaríamos un post titulado así. No teníamos un itinerario definido, no teníamos planes, ni siquiera sabíamos por qué países exactamente pasaríamos, lo que sí sabíamos a ciencia cierta era que surcaríamos el río Mekong… y fue en Laos.

Crucero en barco por el río Mekong de Tailandia a Laos

Cuando nos preparábamos para dejar Tailandia, surgieron ante nosotros varias opciones; decidimos que ya que estábamos al norte del país, cruzaríamos a Laos, un país bastante mencionado por muchos y ciertamente adorado por más de uno. A Luang Prabang, la que definimos como nuestra entrada al país, podíamos llegar o bien en barco o bien en autobús, la opción elegida como adivinaréis fue el transporte acuático, pero dentro de esta categoría también debíamos escoger el tipo de barco, uno lento (dos días con parada a dormir en un pueblo a orillas del río) o uno rápido (en unas siete horas te plantabas en Luang Prabang). Volvéis a adivinar, queríamos disfrutar con el paisaje, queríamos saborear aquél río de mítico nombre, conocido por esas referencias culturales que abundaban en nuestra cultura y época de juventud…

 

El barco es curioso, de madera, un poco descuidado, aunque con su encanto, con asientos sacados de los coches, unos estrechos y otros más anchos; la pericia del más espabilado es la que decide la “suerte” de tu asiento. Largo y estrecho, con una bodega para las maletas de todos los turistas que abordamos a primera hora de la mañana en el puerto. Entre todas las cabezas rubias, pelirrojas y algunas morenas como las nuestras, se esconden otras con aire laosiano, algunos monjes destacan por su atuendo naranja, otros locales portan sus maletas, bien distintas a las nuestras, grandes bolsas que cargan con verduras y carnes entre otros enseres desconocidos.

De vez en cuando vamos parando, todos los extranjeros creemos, con algo de esperanza, que hemos llegado a nuestro destino… pero sólo bajan una o dos personas, laosianos por supuesto. Cuando el barco se detiene creemos que es broma, aquí no hay puertos, no hay muelles, sólo unas pequeñas maderas que sirven de apeadero para aquellos que supieron lidiar con el equilibrio necesario para vivir por estos lares. En esos momentos en los que la calma y el caos conviven por unos minutos, aprovechamos para descubrir un poco más a estas gentes. Niños, siempre hay niños en Laos, nadando y jugando en la orilla, otros barcos, algunos claramente casas flotantes varados allí, sin duda una señal inequívoca de que cerca hay un pueblo, un pueblo lleno de pescadores y marineros que, imaginamos, viven del poco turismo que llega, y de los recursos naturales que el Mekong les ofrece.

Por nuestra parte, hemos hecho migas con una pareja de vascos en Luna de Miel. Perfecto, hace tiempo que deseamos conocer noticias de casa, de hablar un idioma conocido, de entender bromas y referencias culturales, cómo se echa de menos tu hogar, a tu gente, cuando llevas tanto tiempo fuera de casa. Ansiosos les acribillamos a preguntas sobre actualidad y noticias que hemos leído incrédulos. Naroa y Iuri nos abren un paréntesis después de un tiempo sin cruzarnos con vecinos, si bien es cierto que nos hemos cruzado con muchos otros viajeros, por la temporada que es suelen ser de otras zonas de Europa. Ellos nos renuevan el listado de películas para ver, de cosas de las que charlar, y nos hacen compañía, estaremos unos días con ellos, un recuerdo de lo que es viajar con amigos. El tiempo en el barco pasa rápido en compañía y conversaciones reprimidas, así que en lo que a nosotros nos parece nada, hemos llegado a nuestra primera parada para pasar la noche.

El pueblo en el que descansamos no tiene nada especial, es una parada técnica, nada más, una calle que atraviesa el mismo, llena de restaurantes y de hoteles. Así que observamos un poco las vistas del río desde las alturas, cenamos algo rápido y nos vamos a dormir. El día siguiente volvemos al barco, esta jornada la dedicamos los cuatro a jugar a cartas y planificar un poco nuestra estancia en Luang Prabang. De vez en cuando sacamos la cabeza para airearnos con la brisa que trae el río, y nos quedamos un rato mirando; surcar el río Mekong tiene su gracia, pero surcarlo en el barco rápido es una opción mejor, ya que el paisaje es bastante similar durante todo el trayecto. Eso sí, ha merecido la pena, la sensación del viaje lento como antaño, el tiempo para socializar, la noche en el pueblo perdido entre la jungla y el río…

Para los amantes del “slow travel” es como viajar en tren, esos míticos trenes de Asia que recorren la jungla y entre curva y curva no dejan de aparecer paisajes, maleza y ríos.

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