Básicamente es tarea harto complicada. Pero a nosotros nos gustan los retos, así que os vamos a relatar la historia de un día cualquiera en Angkor Wat desde el punto de vista de un conductor de tuk-tuk. Huelga decir que éste es un relato ficticio.

Mi nombre es Rithisak, tengo 28 años y soy conductor de tuk-tuk en Siem Reap, así que cada día soy el hombre más afortunado del mundo, cada día voy a Angkor Wat. La vida de un conductor de tuk-tuk no es fácil, algunos turistas podrán pensar que somos corruptos, vagos, deshonestos y un engorro, siempre molestándoles con nuestra mítica frase “Tu-tuk, señor?” Pero deberían pararse a ver la vida desde nuestros ojos para comprender un poco cómo es nuestro día a día. Lo más importante de mi jornada es conseguir una cita para el día siguiente, mucho mejor si lo es para los tres días que los turistas normalmente están en Siem Reap. Por eso cada día repito esa frase mil y una vez, con la esperanza de que un 10% se pare a escuchar, y un 5% a negociar, para al fin conseguir un cliente. Los días en que lo consigo siento que la vida me sonríe.

Cuando el despertador suena a las cuatro de la mañana no me da pereza levantarme, sé que ese día ganaré algo de dinero, podré hablar con extranjeros y así practicar mi inglés y podré volver a contemplar algo de lo que nunca me cansaré, Angkor Wat. Llevar a los turistas a ver el amanecer me proporciona algo más de dinero, de algún modo se ha de valorar la hora a la que los paso a recoger, creo. Aunque, por supuesto, no cada día puedo entrar en los templos, sí que lo hago cada vez que tengo la oportunidad. Contemplar el amanecer en el estanque donde la silueta de Angkor queda reflejada cada mañana es algo que les dejo a ellos, yo aprovecho esos minutos de paz en los que se sume el interior del templo para estar a solas, deambular por sus pasillos, y ver cómo los rayos de luz van entrando uno a uno por los grandiosos ventanales, ése es un momento único, un secreto que yo conozco y que sólo comparto a veces.

En un ventanal

En un ventanal

La mayoría de turistas vuelven muy contentos de “su” momento más esperado, dan un par de vueltas por el templo, fotografían cada esquina, se hacen retratos en esas ventanas abiertas a un mundo tan desconocido para ellos y esperan tener la sensación de estar explorando la antigua Camboya, el reino Jemer en todo su esplendor. Me gusta que estén felices y que vengan a mi país, me gusta que les interese la historia de los templos, pero ellos suelen apreciar sólo la belleza del lugar sin llegar a comprender porqué existió este complejo de templos y porqué luego fue abandonado. Vivir en Camboya es difícil, aún estamos saliendo de una época muy dura que vivimos, aunque han pasado algunas décadas, la sombra de lo que ocurrió en los 70, sigue persiguiéndonos y aún no acabamos de recuperarnos, es por eso que Angkor Wat es tan importante, es el motivo por el que la mayoría de turistas vienen a mi país.

Recorrer los templos en mi tuk-tuk me hace olvidar las preocupaciones de cada día, me da un respiro, le da brillo a mis ojos, es como si de algún modo recorriera esos caminos de tierra a solas, lejos de todo y de todos, de Ankor Wat nos vamos a Angkor Thom, o el templo de las mil caras… donde te sientes observado por ojos de piedra que parece que no dejan de observarte, sino fuera porque sus ojos están cerrados. Sigo con mi ruta, y llegamos a Ta Phrom, allí parece que todo es distinto. Este templo es precioso porque está prácticamente enterrado entre los grandes árboles, las raíces cubren los viejos muros con formas retorcidas y te da la sensación que los están protegiendo o tratando de esconder de los ojos curiosos, de las manos inquietas por pasar sus dedos por esas piedras que han visto pasar cientos de lunas, y que tímidas se ocultan bajo los brazos protectores de sus guardianes. Caminar por entre los pasillos que conectan las diferentes edificaciones, encontrando en algunos casos penumbra, y en otros la más absoluta oscuridad, de vez en cuando, si no conoces el camino, puedes incluso pensar que te has perdido entre el laberinto de pasadizos que a veces las ruinas han cortado, y tienes que volver a empezar… para así poder descubrir nuevos rincones.

De templos hay cientos, de piedras millares, de esculturas todas las que quieras, pero existe un sólo sentimiento al admirar cada uno de estos lugares, la grandeza de lo que fue este lugar, la belleza y la espiritualidad que transmitió y sigue transmitiendo hoy en día. Como Camboyano no puedo sentir más que orgullo ante esta obra monumental, lo que significó para mi país, y cómo hoy en día sigue cuidándonos e intentando que poco a poco prosperemos y algún día podamos volver a ver un rayo de esperanza.

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