El imperio Inca nos esperaba, atrapados en La Paz por una huelga, parece que son frecuentes, no tuvimos otra solución que volar hacia Cusco desde la capital Boliviana. La situación fue tal y como sigue:

Después de quedar impresionados con la perla de Bolivia, el Salar de Uyuni, teníamos ganas de más sobre este país de paisajes alucinantes. Nos fuimos a La Paz con intención de visitar el Lago Titicaca, cuando todo estaba listo y ya en el bus que nos llevaría hasta allí y desde donde iríamos hasta Cusco por vía terrestre, una huelga que cerró todos los accesos terrestres de La Paz nos obligó a cambiar nuestros planes. Si no podía ser por tierra sería por aire, pero Machu Picchu nos esperaba!

Cual fue la sorpresa cuando aterrizamos en Cusco al día siguiente que en Perú también encontramos una huelga, aunque por motivos distintos, si bien esta vez no nos afectó demasiado…

solo tuvimos que caminar desde el aeropuerto hasta el centro de Cusco, una tarea no tan ardua como parece. Cuando por fin salimos a recorrer la antigua capital Inca, o el ombligo del mundo (traducción literal de Cusco en Inca) nos fascinó la cantidad de iglesias católicas que posee en su centro histórico, días más tarde descubriríamos que estaban construidas sobre antiguos templos incas destruidos por causa de la guerra. A todas luces un sacrilegio arqueológico imperdonable. Cusco nos dejó un rico sabor, con sus calles adoquinadas, su centro cuidado, sus numerosas fuentes y plazas, y el curioso museo de la coca en el que sorprendentemente aprendes muchas cosas sobre esta planta tabú. Pero el plato fuerte de Perú no es Cusco, sino el tesoro que se esconde entre sus montañas y al que es muy difícil acceder, a no ser que tomes el costoso tren, Machu Picchu.

Cuando abres tus ojos, aun dormidos por la temprana hora a la que se suele visitar esta ciudad perdida, descubres qué es Machu Picchu. Lo descubres tú, porque aunque hayas visto muchas imágenes jamás estás preparado para la impactante visión que surge ante ti. Es arduo imaginar las montañas que rodean a la ciudad si no has estado allí, esos cerros vertiginosos que parecen rascacielos verdes, observar cómo las aves de presa sobrevuelan en círculos las ruinas de lo que en su día fue una joya del Imperio Inca, recibir lecciones de historia sobre cómo se construyó y porqué perdura hoy en día a pesar de las terribles lluvias que sacuden cada año este pequeño rincón tan asombrosamente gigante.

Es increíble sentir que estás allí, que existe un lugar tan mágico hoy en día, descubrir un nuevo significado de la palabra hermoso y olvidar cuánto te ha costado llegar a ese pequeño lugar, porque sea como fuere merece la pena. Habría llegado hasta por el camino inca si hubiera sabido cuál era el premio.

Tu mayor preocupación en esos momentos es esperar el milagro que hará que las nubes se disipen, porque no lo niegues, quieres ver con tus propios ojos esa imagen que existe en tu memoria. Una memoria forjada con las imágenes de aquellos que llegaron antes que tú, la ciudad arropada entre las dos grandes montañas que a sus espaldas la protegen y que cual buscada casualidad se asemejan al perfil de un inca.

En algún momento pasará porque el viento es continuo y se lleva esa niebla que hace posible que la ciudad siga siendo un misterio, que siga mereciendo la fama de la ciudad escondida de Perú. Tú, mientras tanto, paseas entre las calles que antaño fueron hogar de gente fuerte, y según la tradición, incapaces de mentir, gente avanzada que conocía la astrología y que se había construido observatorios para mirar a las estrellas simplemente con una charca bien delimitada, donde la noche cerrada se reflejaba en la escasa profundidad del agua y daba como regalo la posibilidad de mirar las estrellas sin levantar la vista hacia el cielo.

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Y cuando ya por fin has encontrado tu rincón favorito entre todos los recovecos de esas ruinas que no lo son tanto, miras el reloj y descubres atónito que ya han pasado 5 horas y que debes regresar, te espera un largo camino, bajar la montaña a pie y caminar por las vías del tren otra vez para regresar hasta tu transporte puntual, si llegas tarde no hay nada que hacer, deberás regresar a Aguas Calientes y quedarte un día más… pensándolo bien podrías perderte un rato más y disfrutar así de un día más en Machu Picchu…

Cómo llegar a Machu Picchu

Si eres de los que amas la naturaleza pero no un gran deportista, lo mejor para ti es llegar a Machu Picchu como hicimos nosotros. Desde Cusco tomas un bus, o mini van o auto (depende de lo que prefieras) que te dejará en un lugar llamado Hidroeléctrica, una parada de “el tren de la selva”. Este famoso y peculiar tren te dejará por un módico precio en Aguas Calientes desde Cusco (por si no se ha notado hablaba la ironía)… Una vez en la hidroeléctrica, a unos 100 kilómetros de Cusco, puedes tomar el tren por 22$ hasta la última parada o hacer una caminata de unas 2 horas y media siguiendo las vías del tren, pasando por paisajes increíbles (aunque también los verías desde la ventana del tren).

Ya en Aguas Calientes puedes seguir con la opción de caminar hasta la entrada del monumento, 1 hora y media de subir escaleras empinadas en medio de un clima subtropical y húmedo, o gastarte 10$ y llegar fresco en media hora (¿adivináis qué escogimos?) Esperemos que os sea útil esta información, porque hay muchísimas agencias y muchos precios diferentes, la opción más económica si tienes poco tiempo para ver esta maravilla es la que os comentamos, aunque hay otras muchas posibilidades.

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