Santiago es una gran ciudad, y como todas las grandes ciudades, tiene su encanto sobre todo en el centro de la misma, así que nos hicimos con un mapita y empezamos a recorrer sus calles, acompañados de nuestra guía de la ciudad nos convertimos en nuestros propios guías mientras nos dejábamos llevar por nuestros pies, que solos iban caminando como si ya conocieran todos los rincones de Santiago. Teníamos ganas de conocer esta gran urbe, la segunda en nuestro periplo.

Qué ver en Santiago de Chile

Está ubicada entre una serie de montañas, lo que convierte a esta ciudad en un valle, un valle gigantesco claro. Al estar encerrada no puede crecer más, como otras tantas ciudades que todos conocemos, pero lo que la hace peculiar es su conversión en un horno en cuanto el sol la alcanza, y es que Santiago es una ciudad calurosa, así que prepárate para encontrar fuentes, sombras y puestecitos de “mote con huesillo” por todos los rincones.

Una vez más por casualidad (parece que las casualidades nos están acompañando) llegamos a la Plaza de la Constitución. Era domingo, sobre las once de la mañana, y sorprendidos nos fijamos en cómo acordonan una parte de la plaza y cómo empieza a estar concurrida por montones de turistas. Preguntamos a un policía y nos explica que, día sí y día no, se realiza el cambio de guardia, así que decidimos quedarnos. Lo que al principio parecía un grupo pequeño de militares celebrando sus ejercicios protocolarios, resultó ser una celebración por todo lo alto de la patria chilena, desde el otro lado de la plaza empezaron a surgir caballerías enteras y hasta una orquesta militar tocando el himno chileno, un espectáculo digno de ver.

Rascacielos

Armados con nuestra botella de agua, nuestra crema solar y las cámaras nos dirigimos a la Plaza de Armas, como ya comentamos cada ciudad o pueblo de este país tiene una pero por fin entendimos porqué. Cuando fundaron la ciudad, todo comenzó en esa plaza, por ese entonces las incursiones de los nativos de la región eran continuas, así que los españoles decidieron armar la plaza con todo el arsenal del que disponían, de ahí el nombre de Plaza de Armas. Desde ese punto estratégico se empezaron a edificar todos los edificios importantes de la ciudad, como la catedral, el actual ayuntamiento, y las casas de los acaudalados, ya que cuanto más cerca de la plaza estuvieran más seguros se encontraban.

Callejeando pasamos por lugares como el museo de arte pre-colombino (gratuito en domingo), la bolsa, fortuitamente ubicada en la calle Nueva York como si de un homenaje se tratara, el Teatro municipal, un edificio que representa la época colonial y el cerro Santa Lucía. Esta pequeña colina fue adaptada para funcionar como un parque dentro de la gran ciudad llena de asfalto y tráfico. Los domingos los locales van a pasar la tarde tumbados en el césped tomando granizados de melón o piña, que atraen la atención de todo el que allí va, el calor es asfixiante y este cerro tiene muchas escaleras que subir hasta llegar a su mirador desde el que puedes observar Santiago en 360 grados.

Justo a la salida de este jardín te adentras en el barrio Lastarría, un área bohemia donde tomar un café o un helado en las terrazas de sus incontables cafeterías. El arte está muy presente en esta zona, ya que entre sus calles te encuentras de frente con el Museo de Bellas Artes, un lugar donde contemplar obras contemporáneas, principalmente de artistas que están iniciándose en este mundo.

De nuevo en el centro te vuelves a sumergir en las transitadas calles repletas de tiendas de todo tipo, es curioso observar cómo se asemeja tanto esta ciudad a otras europeas, como Barcelona o incluso Londres, a veces si cierras los ojos y simplemente escuchas puedes creer que estás de vuelta en casa, sólo que cuando abres los ojos de nuevo y contemplas cómo la gente camina con un vaso que se conforma de pequeñas semillas inundadas en un jugo te das cuenta de que has recorrido una larga distancia hasta llegar a un lugar que sólo en apariencia se parece a lo que tú conoces. Son los pequeños detalles los que te hacen reaccionar, como entrar al mercado y no conocer apenas el marisco que venden, o ver cómo grandes crustáceos, primos hermanos de los cangrejos, te observan desde la vitrina de los restaurantes que se encuentran en el mercado esperando a ser devorados por hordas de turistas que, guiados por su curiosidad, piden uno.

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